
Hoy toca hablar de un clásico; o mejor, de uno que lo fue aunque hoy parece casi olvidado. No se trata, a todas luces, de una obra maestra, pues en tal caso habría sobrevivido a los cambios de moda, aunque no estoy muy seguro de que en los tiempos que corren las obras maestras estén a salvo de la desaparición. El caso es que La historia de San Michele fue un libro muy leído por la generación de mis progenitores, e incluso de mis abuelos, mientras que hoy resulta difícil de encontrar, sin duda a causa del hecho de que lo que no acaba de publicarse, o no es un “clásico” reconocido, no existe. Sin embargo se trata de una obra muy estimable, especialmente, aunque no sólo, en nuestra perspectiva, “medicina y literatura”.
Publicada por primera vez en Estocolmo en 1929, y en España seis años después, esta obra de difícil clasificación -¿novela? ¿Autobiografía? ¿Ambas cosas a la vez?- del médico y escritor sueco Axel Munthe (1857-1949) resulta, todavía hoy, sumamente interesante para quien busca aprender cosas importantes sobre la práctica de la medicina en ese territorio privilegiado que es la literatura. Cosas que no se enseñan, o que se enseñan de manera insuficiente, en las Facultades, y que tan a menudo se echan en falta cuando se tiene que afronta en solitario situaciones graves, y por otra parte nada infrecuentes, en el trato con un ser humano enfermo, sobre todo con el que va a morir.
De creer a su autor -¿y por qué no hacerlo?- se trataría de un texto autobiográfico: “ce n’est rien donner aux hommes que de ne pas se donner soi-même”, escribe Munthe a modo de dedicatoria al pie del título. Pero en sus páginas se mezclan fantasía y realidad desde muy temprano, cuando al comienzo de su relato, refiriendo su descubrimiento juvenil de la isla de Capri, se promete a sí mismo que algún día poseerá la vieja ruina nombrada San Michele en una conversación con el mismísimo diablo, o más exactamente con el Mefistófeles fáustico. ¡Singular acierto, éste de reconocer su propia ambición fáustica en conversación con su yo más oculto! Como también más tarde, cuando describe la visita de uno de los viejos duendes del folklore lapón y la conversación que con él sostiene.
Con todo, en mi opinión, esto que es literatura en el sentido más tradicional del término no deja de ser documento, pues el lector comprende sin esfuerzo que es consigo mismo con quien el escritor habla en estas situaciones, aunque con un valor añadido: el reconocimiento de la importancia de los mitos y leyendas –en suma, de las grandes creaciones colectivas de la cultura- para poder acceder a esos rincones ocultos de uno mismo.
Ciñéndonos, empero, a la perspectiva de este blog, habrá que señalar en primer lugar que en esta obra de amena lectura puede encontrarse valiosa información sobre historia de la medicina, y más en concreto de la mítica medicina parisiense de finales del siglo diecinueve. De especial interés resulta la tremenda crítica a la reverenciada figura del creador de la neurología científica, Jean-Martin Charcot. Si bien hoy es un hecho conocido que éste, como otros grandes patrons de la medicina francesa, era lo menos parecido a una persona “de buenas prendas”, lo que Munthe, colaborador suyo hasta ser expulsado por él, cuenta acerca de su interesada e irresponsable manipulación de las enfermas histéricas, y de alguna muchacha que no lo era hasta que el maître puso todo su afán en destruirla, representa una de las más demoledoras enmiendas al culto al genio propiciado por una cierta manera –vetusta, espero- de hacer historia de la medicina. Otros grandes de la clínica francesa pasan ante su tribunal, para ser en ocasiones reverenciados por su dignidad personal y su hombría de bien y en otras censurados por su avidez de riquezas y de fama, cuando no por su incompetencia clínica, y a veces por ambas cosas.
No menos importante –puede, incluso, que más- es cuanto se refiere a su propia actitud ante las situaciones médicas más graves y comprometidas: una epidemia de cólera en Nápoles, en lo colectivo, y en lo individual las numerosas ocasiones en que hubo de decidirse a abreviar los sufrimientos de un agonizante –pues desde el principio hasta el final del relato se manifiesta decidido partidario de la eutanasia compasiva, que no “pasiva”-, por ejemplo en el histórico caso de los campesinos rusos mordidos por lobos rabiosos que fueron llevados a París por ferrocarril para intentar una cura con el suero antirrábico de Pasteur.
Es imposible –y creo que no conviene- agotar toda la información relevante desde nuestro punto de vista que contiene este documento; pero no puedo pasar por alto otro de sus méritos, mayor aún si cabe teniendo en cuenta la fecha de su publicación y, lo que es aún más importante, la de su descubrimiento por el autor, pues remite a su juventud, a sus primeros años de práctica profesional: la comprensión del determinante peso de lo psicológico en el origen y el modo de vivir la enfermedad y del gran valor que su hábil manejo tiene para la relación médico-paciente y para la eficacia de casi cualquier opción terapéutica.
Como ya he señalado, nada de esto agota la lista de virtudes de la obra. También cuenta con riquezas que nada tienen que ver con la medicina, como por ejemplo las relativas a la vida artística y cultural del París fin-de-siècle, donde destaca ese enfermo genial –y brutal- que fue Guy de Maupassant. Pero es hora ya de callar y dejar a quien se sienta tentado por estas líneas que las descubra por sí mismo.



